Una generación, sobre todo, que conoció a los Pixies porque el amigo de un amigo me recomendó esta grabación maravillosa que tenía en una cinta de casete. Así, sin n portadas ni dibujos, ninguna preconcepción estética: el absraco más puro, la atención centrada en ese ruido agresivo e indefinible. Se había creado el mito.
En mi cabeza soñadora imaginaba a Black Francis como un bello adolescente, un romántico incurable que me cantaba a mí y a nadie más. Los Pixies se convirtieron en los mejores amigos de una pubertad-adolescencia incomprendida. Enonces llegó el internet, el siglo XXI y culaquier banda se puso al alcance de cualquier persona. Cualquiera. Lo mismo que los rumores. El rumor de que tocarían aquí en México, fecha que luego se canceló y para aquellos desconsolados, con el corazón roto y un monedero vacío, no nos quedó más opción que un concierto televisado en el Canal 11.
Que su más reciente gira hiciera una parada en México parecía un sueño hecho realidad. Muy bueno para ser cierto. Tan bueno que los boletos del evento se agotaron en menos de quince minutos, y de nuevo la esperanza se desvanecía, de nuevo la frustración, la sed incontrolable, la tristeza, el corazón vuelto a romper.
De pronto, la salvación en forma de Twiter. ¿Qué demonios era ese Corona Capital Fest que abría la posibilidad de disfruar a los Pixies, al aire libre, junto con otras bandas míticas?
Henos un par de meses después, en una espera que pareció eterna, mientras con alegría se confirmaban otros invitados y el festival crecía en magnitud y expectativas.
Aquí mi breve apreciacipon de las bandas que fui a ver...
Echo and the Bunnymen: ***
Lo último que había escuchado de estos veteranos británicos había sido el disco Siberia, y si soy sincera el material me pareció tan poco memorable que dejó escasa huella en mi cerebro. Seamos sinceros: con el tiempo las bandas se ablandan. Una vez expresadas la ira, la inconformidad y el desconcierto ante el futuro, parece que queda poco que decir más allá de “Sobrevivimos y ahora estamos bien.” Por eso resultó una grata sorpresa encontrarme con una banda en vivo que sigue rockeando, que se ven mucho más jóvenes de lo que realmente son, con un set dinámico que abarca una digna y larga trayectoria. Aunque mi conocimiento de The Bunnymen es bastante limitado, disfrute de Seven Seas y aquel gran himno de suspiros del desierto nocturno, The Killing Moon. Pura agilidad y buena vibra.
James: ****
James, esa mezcla de folk y optimismo, una especie de R:E:M: más festivos que bien te pueden hacer bailar mientras hablan de corazones rotos e ilusiones perdidas. Es esta temática dulzona la que me ha impedido considerarme una fan de hueso duro, y sin embargo Tim Booth y compañía siempre se encargan de dar buen show. Ya antes los había visto en el Auditorio Nacional, y el nivel de energía simplemente fue el mismo. Cabe destacar que a pesar del poco espacio entre visita y visita, Booth aparecía bastante avejentado (¿sería la luz del sol al aire libre?) y se extraña el vestido rojo del chico que toca el pandero. James deleitaron con lo que podría considerarse como una versión resumida de aquel “Best of James” de 1998: Laid, She’s A Star, Say Something. Un set en el que me vi poseedora de una especie de clarividencia (siempre adivinaba qué canción tocarían a continuación) donde la gente se contagiaba de la alegría espontánea, como cuando el público pudo subir a bailar al escenario. Clásico.
Interpol: *
Realmente era una posición poco afortunada para Interpol. Quiero decir, tocaban justo antes de Pixies. Y lo único que uno quería en ese momento era YA ver a Pixies. Sí, los jóvenes coreaban y agitaban la cabeza. Las chicas de pelo alborotado gritaban confesiones de amor a Paul Banks. Y sí, tocaron canciones maravillosas con una ejecución impecable: Not Even Jail, Not I In Threesome, Evil. Pero Paul Banks lucía apático. Sus “Gracias” a media voz cada que terminaba una canción no era suficiente (hay amigos que me aseguran que habla buen español, pero bueno, aquí no lo parecía...). Faltaban emociones, la pasión de guitarras que colisionan contra un bajo que perfila historias de fracaso amoroso. No era un buen momento para Paul Banks y compañía, tocar antes de Pixies, haberse quedado sin bajista, sacar un disco indigerible en las primeras oídas. Cuando la batería sonó en el otro escenario no había nada más que escuchar de Interpol.
Pixies: <3
Y la batería era inconfundible: Bone Machine. La canción que abre el Surfer Rosa, esa piececilla de ruido iracundo que jamás llamó mi atención, ahora en vivo cobraba otra dimensión: sonaba viva, sangrante, punk, indomable, genial. “You’re so pretty when you’re faithful to me”. Rockeros tomen nota: Frank Black y Kim Deal pueden poner de cabeza un escenario sin moverse un centímetro de su lugar. Sin bailes ni saltos ni patadas ni fuegos artificiales; rocanrol en estado puro. Gritos, sudor y cuerdas hirvientes. ¿En serio habíamos esperado veinte años por esto? Valía la pena y esperaría otros mil, o tal vez no, tal vez era momento hora de volverse adicto y no dejarlos irse jamás. El amor derrochado sobre Kim Deal fluía a raudales en quien se convertiría en la Señorita Simpatía de la noche, con su voz dulce como la miel, esa voz eterna capaz de revivir años de juventud, años de fotografías en blanco y negro y machas de sangre y alcohol. La banda se dejaba querer entre aplausos y devoción. Amistades y romances nacían y morían a partir de una experiencia colectiva en la que los deseos convergen y se hacen realidad. Isla de Encanta, I’ve Been Tired, Ed Is Dead, Caribou, Vamos, Something Against You (¿en serio? tal vez todos habíamos muerto y estábamos en el cielo... nunca imaginé ver esta canción en vivo), Gigantic, Velouria, Dig For Fire, Here Comes Your Man, Crackity Jones, Lala Love You, Number 13... y no se cansaban de cumplir deseos. Si algo faltó en ese set fue All Over The World, y por supuesto, Letter to Memphis. Entonces todos podríamos haber muerto en una especie de suicidio colectivo. Por favor, quédense. Sigan. Toquen para siempre.
Renací en ese momento. Era como descubrir un mundo nuevo, en medio de la noche, avanzando entre cuerpos torpes, infinidad de cabezas iluminadas por el faro, recorriendo senderos de pasto, tierra y vasos vacíos de cerveza. Fue muy duro despedirse de los Pixies. Fue muy duro decir adiós. Sólo espero que haya más festivales como estos, si bien las bandas que me gustaría ver sus integrantes están muertos.
Calificaría la experiencia en el festival como positiva. Bien repartidos los escenarios, un cartel excelente y buena locación. Mi única crítica: cerveza carísima, mal surtida (después de todo, el evento lo organizaba la Cerveza Corona ) y estuvo bastante mierda que suspendieran las señales de teléfono. Con el nivel de concurrencia no dudo en que vuelvan a organizar uno de estos, aunque está difícil pensar con quien remplazar una megabanda como los Pixies.
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